Escritos

Buscando profundidad en tiempos de superficialidad

10 de febrero 2026

Lic. Trinidad Soto Acebal 

Cada vez escucho más en la clínica, y también fuera de ella, una sensación compartida: la dificultad de construir vínculos profundos en un mundo que parece empujar constantemente hacia lo inmediato, lo rápido y lo descartable.

No se trata solamente de las aplicaciones de citas o de las redes sociales. Hay algo más profundo: una transformación en la manera de vincularnos.

Muchos pacientes relatan cansancio, desconexión, conversaciones vacías, dificultad para sostener el interés, temor al compromiso o vínculos donde el otro aparece más como objeto de consumo emocional que como sujeto a descubrir.

Y, sin embargo, debajo de todo eso, sigue existiendo el deseo de encuentro. No me refiero a grandes historias románticas. A veces el anhelo es mucho más simple y humano: compartir una salida, sentirse escuchado, percibir interés genuino, conversar sin apuro…

Pero en tiempos donde prima la inmediatez, la lógica de "lo próximo" y la sobreestimulación constante, la profundidad requiere algo que hoy parece escaso: concretar un encuentro real con el otro.

Muchas veces los vínculos quedan sostenidos más por idealizaciones y fantasías que por un verdadero encuentro, quedando atrapados entre la hiperconexión digital y una profunda desconexión emocional.

Y aun así, creo que algo importante merece ser dicho: todavía existen personas que buscan la profundidad vincular, el interés genuino y la construcción de un vínculo real más allá de la lógica superficial del consumo afectivo.

Entonces me pregunto: ¿el desafío hoy será atravesar los desencuentros y las frustraciones sin que el deseo genuino de encuentro termine apagándose?

Tal vez hoy el desafío no sea solamente el encuentro con el otro, sino también sostener la sensibilidad propia en un contexto que muchas veces empuja en dirección contraria.

Un arcoíris en medio de la tormenta

9 de mayo 2024

Lic. Trinidad Soto Acebal
 
Hace un tiempo, un paciente llegó muy angustiado a sesión. Venía viajando en colectivo en medio de una tormenta intensa. Más tarde, durante la sesión, me contó que mientras miraba por la ventanilla vio aparecer un arcoíris entre la lluvia y el cielo gris. Y algo de esa imagen produjo en él una asociación inmediata: estaba atravesando una tormenta en su vida, pero quizás incluso en medio del dolor podía existir todavía una luz, una salida, algo que lo sostuviera.

Pienso muchas veces en la importancia del mundo que cada sujeto construye para sí mismo. Los vínculos, los proyectos, los intereses, las pasiones y los espacios que habitamos pueden transformarse en sostén frente al dolor, las pérdidas y las inevitables dificultades de la existencia.

En la clínica, y también en la vida, observo cómo muchas veces aquello que una persona logró construir a lo largo del tiempo puede convertirse en una referencia vital incluso en momentos de profundo sufrimiento. No porque elimine el dolor, sino porque impide que el dolor lo ocupe todo.

Por supuesto, existen momentos donde la tristeza adquiere una dimensión melancólica. Estados donde el deseo parece apagarse profundamente y hasta lo más cotidiano pierde sentido. Allí el sujeto queda tomado por una nostalgia orientada más hacia el pasado que hacia el porvenir.

El duelo, en cambio, implica otro trabajo psíquico. Aunque exista dolor, la persona puede ir reconociendo gradualmente que aquello que se perdió ya no volverá, pero que, aun así, la vida continúa. Quizás allí también aparezca algo de la resiliencia subjetiva: la posibilidad de atravesar una pérdida sin quedar completamente detenido en ella.

Pienso en la importancia de construir una vida que no quede reducida únicamente al padecimiento. Los vínculos, los proyectos personales, las profesiones, los deseos, las actividades que apasionan y los espacios propios muchas veces funcionan como una luz en el camino, una forma de sostén subjetivo frente a las dificultades inevitables del vivir.

En mi caso, la náutica ocupa un lugar muy significativo. Navegar no representa solamente una actividad o un deporte, sino también un espacio de conexión, presencia y vitalidad. Muchas veces los pacientes, al ingresar al consultorio, se sorprenden al ver las maquetas de los veleros y preguntan con curiosidad: “¿Te gustan los barcos? ¿Navegás?”. Y quizás algo de eso también transmita que, incluso en medio del dolor, es posible construir espacios subjetivos que otorguen sentido, disfrute y cierta calma.

Porque si bien las pérdidas forman parte de la vida, también es cierto que aquello que uno construyó con deseo, tiempo y amor no desaparece completamente frente al sufrimiento. El dolor puede convertirse en una parte de la propia historia, pero no necesariamente en la totalidad de la existencia.

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