Escritos

  1. La profundidad en tiempos de superficialidad
  2. Un arcoíris en medio de la tormenta
  3. El ghosteo en los vínculos actuales
  4. La fantasía, la idealización y el cuidado subjetivo en los vínculos
  5. Angustia, simbolización y acto. 
  6. Lo que no puede simbolizarse
  7. La identificación con el agresor como mecanismo de defensa. Clínica infantil. 
  8. El juego en la infancia: mucho más que diversión


La profundidad en tiempos de superficialidad

10 de febrero 2026 
Lic. Trinidad Soto Acebal 

Cada vez escucho más en la clínica, y también fuera de ella: la dificultad de construir vínculos profundos en un mundo que parece empujar constantemente hacia lo inmediato, lo rápido y lo descartable.

Hay una transformación en la manera de vincularnos.

Muchos pacientes relatan cansancio, desconexión, conversaciones vacías, dificultad para sostener el interés, temor al compromiso o vínculos donde el otro aparece más como objeto de consumo emocional que como sujeto a descubrir.

Y, sin embargo, debajo de todo eso, sigue existiendo el deseo de encuentro. No me refiero a grandes historias románticas. A veces el anhelo es mucho más simple y humano: compartir un momento, sentirse escuchado, percibir interés genuino, conversar sin apuro…la construcción de un lazo más allá de la lógica superficial del consumo afectivo.

Pero en tiempos donde prima la inmediatez, la lógica de "lo próximo" y la sobreestimulación constante, la profundidad requiere algo que hoy parece escaso: concretar un encuentro real con el otro.

Muchas veces los vínculos quedan sostenidos más por idealizaciones y fantasías que por un verdadero encuentro, quedando atrapados entre la hiperconexión digital y una profunda desconexión emocional.

Entonces: ¿el desafío hoy será atravesar los desencuentros y las frustraciones sin que el deseo genuino de encuentro termine apagándose?

Tal vez hoy el desafío no sea solamente el encuentro con el otro, sino también sostener la sensibilidad propia en un contexto que muchas veces empuja en dirección contraria.

2. Un arcoíris en medio de la tormenta

9 de mayo 2024 - Lic. Trinidad Soto Acebal

Hace un tiempo, un paciente llegó muy angustiado a la sesión. Venía viajando en colectivo en medio de una tormenta intensa. Durante la sesión, me contó que mientras miraba por la ventanilla vio aparecer un arcoíris entre la lluvia y el cielo gris. Algo de esa imagen produjo en él una asociación inmediata: estaba atravesando una tormenta en su vida, pero quizás incluso en medio del dolor podía existir todavía una luz, una salida, algo que lo sostuviera.
Pienso muchas veces en la importancia del mundo que cada sujeto construye para sí mismo. Los vínculos, los proyectos, los intereses, las pasiones y los espacios que habitamos pueden transformarse en sostén frente al dolor, las pérdidas y las inevitables dificultades de la existencia.
En la clínica, y también en la vida, observo cómo muchas veces aquello que una persona logró construir a lo largo del tiempo puede convertirse en una referencia vital incluso en momentos de profundo sufrimiento. No porque elimine el dolor, sino porque impide que el dolor lo ocupe todo.
Por supuesto, existen momentos donde la angustia adquiere una dimensión melancólica. Estados donde el deseo parece apagarse profundamente y hasta lo más cotidiano pierde sentido. Allí el sujeto queda tomado por una nostalgia orientada más hacia el pasado que hacia el porvenir.
El duelo, en cambio, implica otro trabajo psíquico. Aunque exista dolor, la persona puede ir reconociendo gradualmente que aquello que se perdió ya no volverá, pero que, aun así, la vida continúa. Quizás allí también aparezca algo de la resiliencia subjetiva: la posibilidad de atravesar una pérdida sin quedar completamente detenido en ella.
La importancia radica en construir una vida que no quede reducida únicamente al padecimiento. Los vínculos, los proyectos personales, las profesiones, los deseos, las actividades que apasionan y los espacios propios muchas veces funcionan como una luz en el camino, una forma de sostén subjetivo frente a las dificultades inevitables del vivir.
Si bien las pérdidas forman parte de la vida, también es cierto que aquello que uno construyó con deseo, tiempo y amor no desaparece completamente frente al sufrimiento. El dolor puede convertirse en una parte de la propia historia, pero no necesariamente en la totalidad de la existencia.


3. El ghosteo en los vínculos actuales

10 septiembre 2025 - Lic. Trinidad Soto Acebal

Vivimos en una época de hiperconexión, donde es posible estar en contacto con cientos de personas a través de una pantalla, pero al mismo tiempo experimentar una profunda sensación de desconexión afectiva. En este escenario contemporáneo, los vínculos parecen volverse más rápidos, más intensos en su inicio, pero también más frágiles en su continuidad.

Uno de los fenómenos que más claramente expresa esta tensión es el llamado ghosteo: la desaparición abrupta de una persona con la que se venía construyendo algún tipo de intercambio afectivo, sin explicación, sin cierre, sin palabra.

Aunque suele pensarse como un fenómeno reciente, el ghosteo no es nuevo. Lo que sí parece nuevo es su naturalización en el marco de las tecnologías de comunicación y de ciertas formas de relación donde el compromiso emocional queda muchas veces en suspenso.

No se trata únicamente de una "falta de respuesta". En muchos casos, antes del silencio hubo algo más: un intercambio, una promesa implícita o explícita, una ilusión de continuidad. A veces, incluso, se abrió la posibilidad de futuros compartidos, de escenas imaginadas, de un "nosotros" en construcción.

Es allí donde el impacto del silencio se vuelve más significativo.

Quien elige desaparecer sin explicación suele ubicarse en una posición de evitación, evita la incomodidad del límite, la angustia del otro, la posibilidad de confrontar lo que ya no desea sostener o lo que no puede tramitar simbólicamente.

En algunos casos, el ghosteo aparece como un modo de resolver lo que no se puede decir. Una forma de huida frente al conflicto, la culpa o la responsabilidad afectiva. Sin embargo, esa evitación tiene un costo: deshumaniza el vínculo y deja al otro sin coordenadas para comprender lo ocurrido.

Del otro lado, quien es ghosteado suele quedar atrapado en una escena sin resolución. Lo que antes tenía movimiento, palabras o intercambio, de repente se interrumpe sin explicación.

Y lo que aparece no es solo la ausencia del otro, sino una proliferación de preguntas:
¿Qué pasó?, ¿Qué hice?, ¿Qué cambió?, ¿En qué momento dejó de existir lo que parecía estar ahí?.

Estas preguntas, al no encontrar respuesta, generan un ruido psíquico persistente. El psiquismo intenta reconstruir sentido allí donde no lo hay, y en ese intento muchas veces se produce dolor, rumiación, y una herida en la confianza básica hacia el otro.

Quizás lo más inquietante de este fenómeno no sea solo el ghosteo en sí, sino lo que revela sobre nuestra época: una dificultad creciente para sostener la palabra, para hacerse cargo del impacto del propio acto en el otro, para habitar los vínculos en su complejidad.

Estamos altamente conectados, pero no necesariamente más disponibles emocionalmente. Abundan los contactos, pero escasean los encuentros sostenidos. Se multiplican las interacciones, pero no siempre se construye presencia.

En este contexto, cabe preguntarse:
¿Qué tipo de vínculos estamos construyendo?
¿Qué lugar tiene hoy la responsabilidad afectiva en nuestras formas de relacionarnos?

Y quizás, sobre todo:
¿Qué hacemos con el otro cuando deja de ser deseado o posible?

Porque detrás del ghosteo no hay solo una ausencia. Hay una decisión. Y toda decisión en el vínculo humano implica, inevitablemente, un efecto en el otro.

Tal vez el desafío no sea eliminar el ghosteo porque forma parte de las lógicas actuales del vínculo, sino poder interrogarlo, nombrarlo y, en algunos casos, recuperar la palabra allí donde el silencio se volvió la única respuestaLa caída de la fantasía 

4. La fantasía, la idealización y el cuidado subjetivo en los vínculos

Lic. Trinidad Soto Acebal

La fantasía no es algo patológico; el problema aparece cuando el sujeto comienza a relacionarse más con aquello que fantasea que con lo que efectivamente sucede en el plano real. 

Un paciente en sesión dice: "No sé si la extraño a ella o lo que proyectaba con ella. Siempre fue mi sueño formar una familia." No se duela solamente la perdida vincular sino también el futuro fantasiado que nunca llegó a existir.  

La fantasía, a veces, cumple una función de refugio frente a la crudeza de la realidad. Cuando ese vínculo se interrumpe aparecen preguntas que no encuentran respuesta fácil: "pero si estábamos bien ¿cómo que me dejó?, ¿Qué no vi?, Pensé que podíamos armar algo juntos." Esas preguntas revelan la distancia entre lo que se vivía internamente y lo que efectivamente estaba ocurriendo en el vínculo. 

Cuando el otro comienza a ser visto desde una imagen exageradamente idealizada se minimizan contradicciones, ausencias o señales ambiguas en el plano vincular. La idealización puede llevar al sujeto a sostener con expectativas algo que el otro quizás nunca sostuvo realmente. Muchas veces no se registra la inconsistencia vincular porque la imagen idealizada funciona como una defensa frente a la falta y la incertidumbre. Cuando ese otro se retira afectivamente, el impacto suele ser abrupto e inesperado para quien había depositado tanta apuesta allí.

Ver al otro real, con sus limitaciones y contradicciones, en lugar del otro idealizado, no significa perder la capacidad de desear o de ilusionarse, sino algo más parecido a crecer: sostener el deseo sin perder de vista la realidad. Quizás parte del trabajo psíquico sea también aprender a escuchar lo que el otro efectivamente dice y hace, no solo lo que uno necesita que diga o haga.

Frente a ciertos vínculos resulta importante introducir algunas preguntas ligadas al presente y al cuidado subjetivo:

¿Para qué sostengo este vínculo? ¿Por qué me quedo? ¿Qué costo psíquico tiene para mí? ¿Qué estoy tolerando? ¿Qué lugar ocupa esta persona en mi vida real y no solamente en mi fantasía?

Estas preguntas ayudan a recuperar cierta lucidez cuando el sujeto queda tomado por la fantasía.

Sin embargo, el trabajo analítico no se reduce solamente a elegir mejor o detectar señales a tiempo. El psicoanálisis también interroga algo más profundo: qué lugar ocupa el sujeto en esas escenas que se repiten, qué busca allí y qué satisfacción inconsciente se pone en juego.

7. Angustia, simbolización y acto. 

Lic. Trinidad Soto Acebal

La angustia muchas veces puede funcionar como una vía de interrogación subjetiva. La angustia lleva a un tiempo de reflexión y de pregunta. Un tiempo para elaborar aquello que se perdió, aquello que no pudo ser, aquello que cayó.

El dolor busca respuestas. Busca elaborar algo de aquello que irrumpe y desorganiza. Intenta encontrar palabras allí donde muchas veces solo hay angustia, vacío o desconcierto.

Por eso atravesar un duelo no implica simplemente "olvidar" o seguir adelante rápidamente. Elaborar una pérdida requiere tiempo psíquico. Un tiempo donde el sujeto pueda poner en palabras algo de aquello que perdió.

A veces, justamente, es a partir de la angustia que ciertas preguntas comienzan a aparecer.

¿Pero qué sucede cuando el afecto no puede ser simbolizado?

Cuando la angustia no puede ser puesta en palabras ni simbolizada, puede suceder que el sujeto responda desde el acto. Allí donde falla la posibilidad de elaborar psíquicamente algo de lo que irrumpe, muchas veces aparece la acción.

Desde el psicoanálisis, no es lo mismo un acting out que un pasaje al acto. Aunque ambos implican una dimensión de acto, tienen diferencias clínicas importantes.

En el acting out todavía hay un mensaje dirigido al Otro. Algo se muestra en escena, algo intenta ser leído o interpretado. El sujeto sostiene un mensaje inconsciente cifrado que no logra ser hablado, solo actuado.

En cambio, en el pasaje al acto el sujeto queda por fuera de la escena simbólica. Ya no hay mensaje ni posibilidad de simbolización. El acto aparece como una salida abrupta frente a una angustia que desborda y que no logra encontrar representación psíquica.

Por eso la posibilidad de hablar, poner en palabras y elaborar aquello que angustia resulta fundamental. La simbolización permite que algo del sufrimiento pueda tramitarse sin que necesariamente irrumpa desde el acto. 

Allí donde hay palabra, el sufrimiento puede encontrar un cauce. Allí donde solo hay acto, algo del sujeto queda sin decir .

9. La repetición de lo traumático en niños

Lic. Trinidad Soto Acebal

En muchas ocasiones, los niños repiten a través del juego, los dibujos, los sueños o determinadas conductas algo de aquellas experiencias que resultaron traumáticas o difíciles de elaborar psíquicamente.

Sigmund Freud observó esto en el famoso juego del fort-da, donde su nieto repetía la desaparición y el retorno de un objeto. A través de esta escena lúdica, el niño intentaba elaborar la angustia que le provocaba la ausencia materna, transformando una experiencia pasiva en una actividad que podía controlar y repetir. Este ejemplo permite pensar cómo aquello que resulta angustiante puede ser retomado en el juego como intento de elaboración psíquica.

En la clínica con niños, el juego adquiere un valor fundamental. Muchas veces el niño no puede hablar directamente de lo que lo angustia, pero lo representa, lo escenifica o lo desplaza en distintas situaciones lúdicas. Allí donde no hay todavía palabras, el juego funciona como un modo de simbolización posible.

La repetición también puede aparecer en conductas, vínculos o síntomas que expresan algo del malestar psíquico. Detrás de ciertas formas repetitivas muchas veces hay una escena que insiste buscando algún tipo de elaboración.

El trabajo clínico apunta justamente a que aquello que retorna en la repetición pueda progresivamente adquirir representación psíquica y encontrar palabras. Allí donde algo no había podido ser simbolizado, comienza a abrirse la posibilidad de una elaboración subjetiva.

10. La identificación con el agresor como mecanismo de defensa. Clínica infantil.

Lic. Trinidad Soto Acebal

En la experiencia clínica con niños, especialmente en situaciones de abuso sexual infantil, es posible observar que ciertos comportamientos sexualizados de carácter abusivo pueden aparecer en el juego o en la interacción con otros.

Desde el psicoanálisis, estos fenómenos pueden pensarse en relación con la repetición de lo traumático. Aquello que no ha podido ser simbolizado tiende a retornar en actos, escenas o modalidades de vínculo.

En algunos casos, dicho comportamiento puede ser comprendido a partir del concepto de identificación con el agresor, desarrollado por Sándor Ferenczi (1984). Se trata de un mecanismo defensivo mediante el cual el niño, frente a una situación traumática de abuso, puede identificarse con la posición del agresor como modo de supervivencia psíquica frente a una experiencia de extrema vulnerabilidad. Asimismo, la autora Pereira França (2015) plantea que cuando un niño o niña no puede transformar el episodio traumatizante en una experiencia subjetiva, metabolizable, uno de los posibles destinos es la identificación con el agresor. El menor sigue dedicando sumisión y obediencia al agresor que, a la vez, eran proveedores de sustento físico y emocional.

En la clínica, estas manifestaciones no deben leerse de manera aislada, sino en el marco de la historia singular del niño y del vínculo traumático en el que se inscriben. 

En aquellos casos en los que el agresor pertenece al entorno primario, como la figura paterna o materna, la situación adquiere una complejidad particular, ya que la ambivalencia afectiva puede dificultar la caída de esa figura y la elaboración psíquica del trauma.

En este sentido, la repetición y la identificación no implican una elección consciente, sino modos en que el aparato psíquico intenta tramitar lo traumático, lo no ligado. El trabajo clínico apunta justamente a poder ofrecer un espacio donde aquello que retorna en acto pueda comenzar a ser dicho, simbolizado y elaborado.

El juego desde el psicoanálisis infantil

Cuando un niño juega, no está "solo jugando". Está pensando, sintiendo, procesando y construyendo su mundo interior. El juego es, para los niños, su forma más genuina y poderosa de expresarse. 

Desde hace décadas, psicólogos y psicoanalistas de todo el mundo han estudiado el juego infantil con profunda atención, y sus conclusiones coinciden en algo fundamental: el juego es el lenguaje del niño.

Sigmund Freud fue uno de los primeros en señalar que el niño que juega se parece mucho a un poeta: crea un mundo imaginario que toma muy en serio, aunque sabe que no es real. A través de ese mundo fantástico, el niño expresa deseos y da sentido a sus experiencias.

Freud también observó algo que muchos padres reconocen intuitivamente: los niños no solo repiten en el juego lo que les resultó placentero, sino también aquello que les causó miedo, angustia o confusión. Cuando un niño juega al médico después de una consulta que le asustó, o recrea una situación difícil con sus muñecos, está haciendo algo muy valioso: está pasando de ser el que recibió algo, a ser quien toma el control. El juego le devuelve la posibilidad de actuar, de dominar lo que antes lo superó.

Melanie Klein, pionera en el análisis de niños, descubrió que el juego puede leerse de manera similar a como se interpretan los sueños en el análisis de adultos. Cada elemento que el niño elige, cada historia que construye, cada personaje que aparece, nos dice algo sobre su mundo emocional.

Para Klein, el juego no es solo entretenimiento: es asociación libre en movimiento. Y cuando un niño tiene dificultades para jugar, cuando su juego se empobrece, se bloquea o se vuelve rígid, eso también comunica algo importante sobre su estado emocional.

Donald Winnicott, médico y psicoanalista inglés, aportó una idea hermosa y profunda: el juego ocurre en un espacio intermedio, un lugar que no es completamente interno ni completamente externo, donde el niño puede crear libremente sin las exigencias de la realidad.

Es en ese espacio donde el niño desarrolla su creatividad, su identidad y su capacidad de relacionarse con el mundo. Por eso, cuando el juego fluye, el niño crece. Y cuando el juego se interrumpe o se inhibe, algo en ese desarrollo también se detiene.

Winnicott también nos habló de los objetos transicionales, ese osito, esa mantita, ese peluche irremplazable, que acompañan al niño en los momentos de separación o angustia. No son "caprichos": son los primeros puentes que el niño construye entre su mundo interno y el mundo externo, los primeros ensayos de la simbolización.

Y nos dejó una frase que resume todo esto con precisión: es en el juego, y solo en el juego, donde el niño puede ser verdaderamente creativo y descubrir su self verdadero, es decir, quién realmente es.

Beatriz Janín, reconocida psicoanalista argentina, señala que para que una actividad sea verdaderamente juego, tiene que estar ligada al placer. Pero también subraya algo fundamental: incluso cuando hubo experiencias difíciles o traumáticas, el juego puede transformarse en un espacio de elaboración. El niño toma lo que vivió, lo reconfigura a su manera, y construye algo nuevo. Así, el juego no es escapar de la realidad, es transformarla.

En la misma línea, Graciela Paolicchi describe el juego como la vida misma para el niño: desde que nace, es el medio a través del cual conoce el mundo, construye su psiquismo, se relaciona con otros y encuentra caminos para resolver las dificultades que se le presentan.

¿Qué significa todo esto para vos, como mamá o papá?

Que cuando tu hijo juega, está haciendo un trabajo serio. Que el juego libre, sin objetivos ni pantallas, tiene un valor que ninguna actividad estructurada puede reemplazar del todo. Que cuando un niño juega a lo mismo una y otra vez, o cuando su juego cambia después de un evento difícil, hay un mensaje ahí.

Y que cuando el juego desaparece, cuando un niño ya no puede jugar, no quiere jugar, o su juego se vuelve mecánico y sin vida, vale la pena preguntarse qué le está pasando por dentro.

El juego no es un lujo de la infancia. Es su trabajo más importante.

No se habla de los cuerpos ajenos

Lic. Trinidad Soto Acebal

En muchos vínculos aparecen comentarios sobre el cuerpo que suelen naturalizarse socialmente:
"Así te verías mejor."
"¿Por qué no cambiás eso?"
"Deberías hacerte tal cosa."

A veces son dichos en tono de broma; otras veces aparecen como exigencias más explícitas. Sin embargo, más allá de la intención, ciertos comentarios pueden generar incomodidad, inseguridad o la sensación de estar siendo permanentemente evaluados por la mirada del otro.

El cuerpo propio es un territorio íntimo. Por eso, cuando una pareja, un familiar o incluso alguien cercano comienza a opinar de manera insistente sobre cómo "debería" verse ese cuerpo, algo del límite subjetivo puede verse invadido.

El problema no radica solamente en una preferencia estética. Todos los sujetos tienen gustos, deseos y formas particulares de sentirse atraídos por otros. La dificultad aparece cuando esa preferencia se transforma en presión, corrección o demanda sobre el cuerpo ajeno.

En esos casos, el vínculo puede empezar a organizarse alrededor de una lógica donde el cuerpo parece tener que adecuarse constantemente al deseo del otro para sentirse amado, validado o suficiente.

Muchas personas recuerdan, recién tiempo después, situaciones que en el momento habían minimizado:
comentarios sobre el peso, la ropa, el pelo, la depilación, la apariencia física, o comparaciones constantes con determinados ideales corporales.

Y algo importante ocurre allí: el malestar que antes estaba silenciado comienza finalmente a adquirir palabras.

No siempre es fácil poner límites en el instante en que sucede. A veces el silencio aparece por sorpresa, incomodidad, miedo al conflicto o porque ciertas formas de control están profundamente naturalizadas en nuestra cultura vincular.

Pero que un límite no haya podido decirse inmediatamente no significa que el cuerpo haya aceptado esa invasión sin consecuencias.

Muchas veces el límite aparece después: en el registro de incomodidad, en el enojo retrospectivo,
o incluso en la decisión de alejarse de un vínculo que hacía sentir al sujeto constantemente observado o corregido.

En vínculos más saludables puede haber deseo, diferencias y preferencias, pero sin humillación, exigencia ni sensación de examen corporal permanente.

Porque cuidar también implica reconocer algo fundamental:
el cuerpo del otro no nos pertenece.

Y ninguna persona debería sentir que necesita modificar su cuerpo para merecer amor, deseo o validación.

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